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    Sin Saberlo

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    Libertadpura
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    Sin Saberlo

    Mensaje  Libertadpura el Mar 14 Dic - 17:42

    Sin Saberlo



    Aquella noche algo la hizo despertar de sus sueños. Sobresaltada y con el corazón bombeando casi a punto de estallar, se sentó bruscamente en la cama. Todo estaba a oscuras. Silencio. Solo escuchaba su agitada respiración. Pero estaba segura que había oído algo que la había hecho despertar. Y, entonces, lo oyó: en la puerta de entrada, alguien daba pequeños golpecitos intentando no despertar a los demás vecinos.

    Apurada, imaginando lo que podría ser, Lucía se puso la bata, se atusó un poco el pelo y abrió un poco la puerta muy lentamente. Y se le encogió el corazón al ver quién estaba al otro lado de la puerta.

    -Violeta. – susurró Lucía abriendo del todo la puerta. El tono de voz salió a duras penas de la garganta de la joven. El corazón se le había encogido rápidamente y la visión que tenía delante se le clavaba en el alma como si le hubieran martilleado todo su ser con toda la violencia posible.

    Con cuidado, se agachó para que Violeta se incorporara. Su bello rostro era un claro espejo de lo que Violeta había sufrido en su casa con su marido. Su ojo estaba hinchado y un pequeño hilo de sangre había salido de su labio inferior, marcando notablemente su barbilla. Las lágrimas cubrían sus mejillas, que bajo la humedad parecían algo aturdidas, quizás por otro golpe que había recibido.

    -Shhhhhhh… - dijo Lucía intentando apaciguar el llanto de su mejor amiga. Intentaba no pensar en los golpes que había recibido, aquellos golpes que dolían más que si fueran en su propia piel.

    Lucía cogió algodón y gasas y líquido desinfectante del botiquín y volvió donde su amiga la esperaba, intentando aguantar un llanto que si se desataba, se haría incontrolable. Con mucho cuidado, Violeta empezó a limpiar poco a poco la sangre reseca en el labio de su amiga. Lucía intentaba no pensar en el dolor que le producía aquella visión. Sólo ella conocía cuán frágil podía llegar a ser su amiga. Sólo ella.

    -Vino borracho – empezó a decir Violeta -, algo mosqueado y empezó a gritarme y a…- el dedo de Lucía se posó levemente en los labios de la muchacha, haciéndola callar. No quería oír cómo había sido. Si lo hacía, estallaría en llanto ella también y debía ser fuerte para consolar a su amiga.

    Pasó un interminable tiempo y Violeta había conseguido tranquilizarse y había seguido el consejo de Lucía de que se quedara a dormir. Mientras se cambiaba en el baño, Lucía, en el dormitorio, intentaba no pensar en nada y alejar la mente de los golpes que le había dado Andrés a su amiga.

    Tras la ducha de Violeta, Lucía preparó la cama para que Violeta se acostara en ella. La arropó y se quedó mirándola.

    -¿Tú no vas a dormir? – dijo Violeta cuando vio que su amiga no se metía en la cama -. Porque, si vas a dormir en el sofá me niego a dormir ¿eh?

    -Aún no tengo sueño, Violeta – dijo en un leve susurro -. Duerme tú que yo voy a leer un dosier del trabajo. – dijo mientras le enseñaba algunos de los papeles a su amiga.

    Violeta pareció tranquilizarse con ese comentario y se dispuso a dormir, como si no hubiera pasado nada. Pero Lucía no era capaz de concentrarse en lo que tenía delate de la vista. Intentaba leer las palabras escritas en los folios pero todo lo que veía eran las magulladuras de su amiga. Necesitaba despejarse.

    Sin pensarlo mucho, se levantó de la silla en la que se sentía clavada y, dejando atrás el escritorio con el dosier, salió a la terraza. La brisa nocturna le golpeó en la cara, helándole las mejillas, lo que facilitó que brotaran sus lágrimas que corrían vertiginosamente por sus mejillas como si cada pequeña gotita salada pesada una tonelada entera. Y, casi sin darse cuenta, recordó cómo se conocieron…

    Un día nubloso más en la ciudad. Pero para Lucía no era uno más simplemente. Su relación con Marha se había cortado justo la noche anterior y ella se había pasado toda la noche en vela, esperando que alguien le dijera que aquello no era real, que al día siguiente, todo seguiría igual que antes. Pero, lógicamente, esto no sucedió. Martha había sido tajante con respecto al tema. <>, le había dicho aquella noche en el portal de su casa, partiéndole el corazón en mil pedazos.

    Aquel día Lucía estaba especialmente apática. No le apetecía hacer nada. Ni mucho menos, hablar con nadie. Pero la suerte no había pensado lo mismo y fue por eso por lo que hizo que Violeta entrara en su vida.

    -Hola, ¿eres Lucía Pérez? – dijo una voz a sus espaldas. Lucía asintió sin saber por qué alguien la buscaba -. Verás, soy Violeta. Nos han puesto juntas para el trabajo trimestral. – la chica sonaba simpática, así que para que no pensara que Lucía era una antipática, se giró y, al hacerlo, descubrió los ojos azules más bonitos que jamás había visto. Disimuladamente, se fijó en Violeta. Era una chica un poco más bajita que ella, con el pelo oscuro y rizado y recogido sutilmente con un pequeño coletero. A Lucía le pareció una chica simpática.

    Pasaron los días y el trabajo fue tomando forma. Y, sin saber cómo ocurría, Lucía comprobaba día tras día que, cuando estaba cerca de Violeta, no existían los momentos tristes ni los malos recuerdos, todo eran risas y alegría.

    Lucía sonrió con ternura al recordar aquellos días. No sabía exactamente qué era lo que sentía en aquellos momentos, porque la ruptura de la relación con Martha la había trastocado un poco pero Violeta siempre estaba allí, regalándole sonrisas cada vez que lo necesitaba. Y, recordando, su mente volvió a viajar hasta el día que supo sus sentimientos precisamente por el dolor que sintió…

    Era la noche de San Juan. En la playa, se habían reunido un buen número de amigos. Esa noche Lucía iba a contarle a Violeta su secreto mejor guardado; iba a decirle que era homosexual. Por supuesto, lo haría en la más secreta intimidad, por lo que no se lo diría a menos que encontrara un momento a solas con ella.

    La hoguera emanaba calor desde hacía tiempo y el alcohol ya se había distribuido por quien quería beber aquella noche. Un chico intentaba sacar a bailar Claudia, pero Claudia se negaba rotundamente, con una risa muy desconcertante.

    Hacía rato que no habías no rastro de Violeta, por lo que Lucía decidió ir a dar un paseo, a ver si la encontraba. Cerca del viejo faro abandonado, escuchó unas risitas y algunos susurros. Algo le decía que siguiera de largo, pero la voz le sonaba y le picaba muchísimo la curiosidad. Poco a poco, se acercó y se ocultó entre unas rocas. Al reconocer a la pareja, se quedó helada. Ante ella, Violeta y Andrés estaban besándose apasionadamente.

    El corazón se le partió en dos. Sentía ganas de llorar y de gritar pero no tenía fuerzas para nada. Bajó la vista y al hacerlo, comprendió entonces lo que sentía en sus adentros. Violeta la atraía como algo más que una amiga. La amaba. Pero ella seguramente nunca se enteraría de ello. Sin pensar mucho, reunió fuerzas y echó a correr hacia su casa, notando como cada lágrima que brotaba de su alma quemase sus mejillas como si fueran de fuego.

    La brisa nocturna volvió a despertarla de aquel ensimismamiento que le producía el recordar aquellos momentos. A bajo, en la calle, algún coche paseaba dirigiéndose a algún destino que la vista no alcanzaría a ver desde aquí. Lucía intentaba tranquilizar su respiración para no hacer ruido y despertar a Violeta. Suspiró y, sin poder remediarlo, de sus ojos brotó otra lágrima, producto de una mezcla de impotencia y de dolor por lo que le estaba pasando a Violeta.

    A sus espaldas y sin que se percatara, Violeta se había despertado y, al no verla en el cuarto, se extrañó y se levantó para buscarla. Llevaba un momento observándola, tratando de averiguar en qué pensaba su amiga.

    Por desgracia, no era la primera vez que ella llegaba en aquellas condiciones a casa de Lucía. Andrés hacía tiempo que había cambiado su trato con ella. Y la pobre Lucía no podía imaginarse lo que había desencadenado aquel trato…

    Una vez más, se encontraba hasta la llegada de Andrés. Venía algo cansado de trabajar y los pensamientos de ella volaban hacia otra persona desde hacía ya tiempo.

    Al notarla callada, Andrés no dudó en preguntarle el motivo de sus silencios.

    -Andrés, he estado pensando y… - sus palabras se vieron atascadas, no sabía cómo seguir hablando.

    -¿Y…? – la incitó a seguir su marido.

    -Y creo que me siento atraída por otra persona. – dijo con un hilo de voz.

    Aquello provocó la ira en su marido. Empezaron a discutir coléricamente y, como punto final, el le pegó un único bofetón. El primero. Andrés se arrepintió instantáneamente de lo que había hecho y le pidió perdón varias veces, jurándole que no volvería a pasar.

    Pero, por desgracia, las palabras se las lleva el viento y los celos de Andrés aumentaban día tras día, sin saber que no tenía nada de lo que preocuparse pues la persona que le atraía seguramente jamás lo supiera.

    Por el movimiento del pelo de Lucía, Violeta supo que había fresco en la terraza, por lo que fue en busca de algo de abrigo a la habitación.

    Los pensamientos de Lucía la llevaban de un momento a otro de sus recuerdos, hasta que notó algo cálido sobre su espalda. Dando un respingo, se giró y pudo ver a Violeta, intentando sonreír en medida de lo posible debido a que las heridas y magulladuras le dolían y tapándola con una manta.

    -Te vi y pensé que tenías frío. – dijo Violeta.

    -Gracias, eres muy amable – susurró devolviéndole la sonrisa -. Pero, ¿no se suponía que estabas durmiendo? – preguntó fingiendo estar ofendida. La verdad es que adoraba aquellos momentos en los que estaban a solas.

    -Eso podría decírtelo yo también, ¿no crees? – dijo intentando borrarse de la cabeza ciertas cosas para hablar bien con ella.

    En un gesto lleno de ternura, Lucía dispuso la manta par que las dos se pudieran tapar, quedando una frente a la otra a pocos centímetros.

    Con una mano, y con suma lentitud, Violeta retiró de la mejilla de Lucía las últimas lágrimas que había derramado que, tal y como esperaba, estaban heladas por el frío. A pesar de que ya no estuvieran llorando, Lucía aún tenía el corazón encogido, se le notaba por los larguísimos suspiros que exhalaba a un compás algo irregular.

    -¿Por qué llorabas? – preguntó Violeta en un susurro apenas audible. Lo justo como para que su amiga la entendiera.

    -Por varias cosas – dijo intentando desviar un poco la atención -, entre ellas, por lo que te está pasando con Andrés. No te mereces esto, Violeta. – dijo cerrando los ojos para no llorar más.

    Violeta la veía, con los ojos cerrados y no podía creerse lo increíblemente cerca que estaban. Si supiera que los celos de Andrés eran porque hacía mucho tiempo que la amaba. Ni se imaginaba cómo reaccionaría. Pero Lucía seguía con los ojos cerrados, intentando no pensar y era una oportunidad demasiado tentadora como para dejarla escapar. Así que Violeta, lentamente fue acortando la distancia entre sus rostros y, finalmente, depositó un leve beso en los labios de Lucía.

    Al sentir aquella suave caricia en sus labios, Lucía abrió los ojos y, entonces, sus rostros se separaron.

    -Perdóname, Lucía – dijo claramente nerviosa Violeta -. No sé qué me ha pasado. De verdad, yo…

    Ni tenía palabras, pero a Lucía no le importaba que no tuviera palabras, se inclinó lo justo para seguir besando a Violeta. Aquel beso le había parecido un sueño y tenía que comprobar si había sido real.

    Al recibir un beso por parte de Lucía, la mente de Violeta disipó cualquier pensamiento que podía molestarlas. Simplemente, se limitó a degustar aquella efímera caricia. Pero para su sorpresa, luego hubo otro beso. Y otro. Y así empezó una infinidad de besos, unos tras otros, que hacían que a las dos chicas se les acelerara el pulso. Cada vez iban haciendo el beso más profundo y más intenso, dejando hablar a sus corazones y no a su cabeza, que les decía que había un error, que aquello no era del todo correcto.

    Hasta la habitación fueron con sus besos, casi sin darse cuenta, la manta que las cubría del frío cayó al suelo, así como pronto lo harían tantas otras prendas de vestir.

    Pero justo cuando las manos de Lucía se disponían a abrirse paso a través de los botones del pijama que le había dejado a Victoria, ésta la paró.

    -No – dijo en un susurro, sujetando las manos de Lucía -, no puedo hacer esto. No estaría bien.

    -¿Acaso está bien lo que él hace contigo?- susurró Lucía antes de lanzarse a la búsqueda de un nuevo beso, que no recibió.

    -Pero Lucía yo… no quiero que creas que, bueno…

    -Violeta, te amo – ante aquellas palabras, Violeta se quedó paralizada -. No te lo he dicho nunca porque no sabías si tú sentías lo mismo, pero me has besado y…

    -¿Desde cuándo? – susurró la muchacha.

    -¿Qué?

    -¿Es verdad lo que dices? ¿Desde cuándo me amas?

    -Creo que desde que te presentaste aquel día porque nos habían puesto como compañeras de aquel trabajo. – Lucía se estaba arrepintiendo de sus palabras a medida que las decía, pues estaba quedando completamente vulnerable a Violeta, pero por otra parte, quería ser sincera. Lo había estado deseando desde hace mucho tiempo y no podía callarse ahora.

    -¿Sabes? Yo me enamoré de ti aquel mismo día…

    Y ambas se fundieron en un beso lento y feliz. Por las mejillas de Violeta resbalaban lágrimas, pero porque su sueño de amor imposible se estaba cumpliendo.



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    Enamorada, Libre y Visible!
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